Cultura
Daniel Ignacio Garzón Luna

La puerta de madera

El sonido de las gotas cayendo sobre el suelo mojado, el frío penetrante, ese olor extraño que no lograba diferenciar. Empezó a caminar a través del pasillo, despacio, sabía que no importaba la dirección que eligiera, siempre llegaba al mismo punto. Había estado en ese sitio muchas veces, tantas que no recordaba el número exacto, aún cuando ni siquiera sabía dónde estaba. Sólo caminaba, como siguiendo un mandato. Sentía los pies mojados, a medida que se acercaba al punto final el nivel del agua le llegaba hasta los tobillos. Odiaba esa sensación, pero no podía hacer nada al respecto. Llegó hasta la tan conocida puerta, la observó un rato, nada había cambiado. ¿Cómo era posible que sintiera que aquel dragón tallado sobre la madera le escudriñaba el alma?

...sabía que no importaba la dirección que eligiera, siempre llegaba al mismo punto.

Suspiró al escuchar el chirrido de las bisagras, era tiempo de entrar. Reconoció el olor a incienso y cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad pudo diferenciar una silueta que caminaba de un lado a otro, contó hasta tres, el preciso momento en que se encendía una antorcha… y ahí estaba… un famélico anciano que lo observaba desde un rincón, estaba desnudo. En uno de sus costados tenía una llaga infestada de blanquecinas larvas que se retorcían tratando de encontrar carne para alimentarse, algunas caían al piso y como si pudieran olfatear la putrefacción del cuerpo se arrastraban desesperadamente a los pies del hombre para intentar retornar a su hábitat. El viejo esbozó una retorcida sonrisa que dejaba ver un par de piezas dentales en mal estado, su risa empezó a retumbar en el lugar, in crescendo, y a medida que reía más larvas salían de ese espantoso agujero. Deseaba poder dejar de verle, de escucharle, trató de taparse los oídos a pesar de ser consciente que era una medida ineficaz para el infernal ruido. Después de un rato las risas se convirtieron en desgarradores alaridos, una serpiente se deslizaba sigilosa sobre la pierna izquierda del esperpento y justo cuando llegaba al tórax del decrépito hombre, a la altura de la herida, insinuando sus intenciones de entrar por la cavidad… abrió los ojos… otra vez, el sonido de las gotas cayendo sobre el suelo mojado, el frío penetrante, ese olor extraño que no lograba diferenciar, y el pasillo… 

  • ¿Algún cambio con el paciente de la cama 6? - Preguntó el adjunto en el pase de revista de la UCI. 

  • Ninguno, doctor, sigue sin respuesta a estímulos. - Contestó la residente. 

  • Sin cambios en el manejo. Seguirá ahí hasta que Dios se acuerde de él o hasta que los familiares autoricen quitarle el soporte.  

 

“¿Algún día saldré de este laberinto?” Se preguntó, y una vez más, empezó a caminar hacia la puerta de madera.

Autor

Daniel Ignacio Garzón Luna

Médico de la Universidad del Rosario, interesado en la Salud Mental, las Neurociencias y las Humanidades